Lejos de haber eclipsado la cartelera local con su oferta internacional de alto impacto, la nueva edición del FIBA hizo brillar todavía más el circuito independiente. Musicales en los que la producción y el despliegue no asfixiaron el arrojo estético, segundas obras que confirmaron mundos propios y singulares, y puestas de directores a esta altura consagrados integran este puñado de obras destacadas estrenadas en 2011.

-

ULISES NO SABE CONTAR
De Ariel Farace y la Compañía Vilma Diamante

La segunda obra de los responsables de Luisa se estrella contra su casa despliega una propuesta estética tan singular como inquietante y provocadora. Una forma de actuación “dudosa”, que no responde a cánones transitados y prestigiosos, lo que suele llamarse “excelentes actuaciones”, y sin embargo ofrece un trabajo estético, de lenguaje y dramatúrgico sobresaliente. ¿El mérito? La rispidez entre aquello actuado para la escena y esos otros momentos que reconstruyen la cotidianeidad de quien está sentado frente a sus amigos, junto a su perro, recordando algunos momentos de su vida.

-

EL DIARIO DE CARMEN
De Luis Cano

Los textos de Cano siempre están construidos con una mirada absolutamente detallista sobre los procedimientos, los mecanismos narrativos empleados, y también respecto de cada una de las palabras utilizadas. Y como director, lleva esa técnica de trabajo al escenario, haciendo de cada una de sus puestas un delicado mecanismo que en complicidad con sus actores va cobrando forma frente al público. En El diario de Carmen, el espectador se enfrenta a una mujer que va escribiendo su diario en voz alta. Así se tensa el género más íntimo de la literatura con la inevitable socialización propia del teatro.

-

APÁTRIDA
De Rafael Spregelburd

Buenos Aires, 1891. El pintor argentino Eduardo Schiaffino y el crítico español Eugenio Auzón se trenzan en una polémica en torno a las condiciones de posibilidad de un arte que pueda ser llamado argentino. Spregelburd pega y corta fragmentos, reescribe y resignifica pasajes, los interviene y licúa con una batería de recursos multimedia (con la ayuda del científico loco musical Federico Zypce). Obra bastarda e inclasificable, entre el ensayo y la ficción, entre el unipersonal, la performance y la instalación, Apátrida plantea cuestiones indisolubles y todavía vigentes.

-

EL PASAJERO
De Florencia Peña, María Onetto y Ana Frenkel

Podría decirse que El pasajero es, más que un espectáculo musical, un recital de rock con una fuerte pero sencilla línea argumental: un músico narra su historia, la búsqueda de su propio camino, sus aventuras en Ámsterdam y Berlín. La obra concebida por Stew y Heidi Rodewald conjuga la furia adolescente con la mirada piadosa que aquel ya devenido adulto puede tener sobre su pasado. No niega la rebeldía, pero la enmarca en un tiempo más amplio para poder así representar sus contradicciones, sin cuestionar ni la partida ni el retorno, simplemente poniéndolas ahí, a disposición de la platea, para que cada uno saque sus propias conclusiones.

-

LA EDAD DE ORO
De Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu

Después de Los talentos, celebrada primera obra de la dupla de directores, llega otra historia de amistad soldada con la afinidad en las elecciones culturales (antes eran los sonetos, ahora los vinilos de rock y el fanatismo por Peter Hammill) llevadas al extremo de la obsesión. Una obra sobre el paso del tiempo; sobre la llegada de la adultez y el final de una época. Con un humor inteligente, una emotividad tan profunda como sagazmente controlada y un pulso narrativo infrecuente, La edad de oro confirma aquello que la primera obra de esta sociedad teatral insinuaba: nada menos que la creación de un mundo. Una de las joyita secretas del año.